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Hoy traemos otra perspicaz y punzante historia del autor Jorge Luis Escalona Flores, extracto que forma parte de su obra no editada “Huellas de la Historia”, y que como siempre no deja de sorprendernos de manera breve sobre un hecho histórico dado como verídico e irrefutable. Ya hemos publicado otras notas de su libro anterior: “Casos y Cosas de la Historia”

Miranda y la Carraca

La apesadumbrada imagen de Sebastián Francisco de Miranda, que inmortalizara en 1.898 el gran pintor venezolano Arturo Michelena, en su cuadro “Miranda en la Carraca”, contrasta con la realidad histórica, de los dos años finales que en esa prisión vivió aquel venezolano universal y Precursor de la Emancipación Americana.

El 5 de Enero de 1.814, Miranda con 64 años de edad es conducido y confinado en el Arsenal de la Carraca (allí permanecería hasta su fallecimiento el 14 de Julio de 1.816), que entonces era un centro militar destinado a la construcción, reparación de buques, almacenamiento y distribución de armamento y municiones, situado en San Fernando, al fondo de la bahía de Cádiz, también habilitado para el alojamiento de presos. Este arsenal tenía en el piso superior cuatro grandes salas, en una estuvo recluido Miranda, en un cuarto aislado que tenía una puerta para la azotea y dos ventanales, lo que le permitían iluminación, ventilación y visibilidad; en la planta baja se encontraban la totalidad de los internos la mayoría militares.

Obviamente no era una suite hotelera de lujo, pero le toleraron algunos privilegios, entre ellos que estuviese acompañado por dos sirvientes, que comprara su comida en la fonda, no se le encadenó, ni algo parecido. El comandante de La Carraca, Juan de Carranza, informó oficialmente:

Queda depositado en el piso alto de las cuatrotorres y en cuadra separada el preso Francisco de Miranda, del que he hecho entrega al Capataz Mayory que dos individuos, en clase desirvientes, observen su conducta, poniendo además un centinela a la puerta de la mencionada cuadra. Está bien vigilado, se destinan diez reales diarios para su subsistencia; cuando tenga dinero podrá pedir comida de la fonda que funciona en el Arsenal para empleados y obreros. También se le permite lo necesario para escribir, petición del preso, sometidas todas las páginas a la necesaria censura”.

Desde Inglaterra, Nicholas Vansittart, John Turnbull y otros amigos, logran atenuar su reclusión de diversas maneras: Influyen discretamente a través del cónsul británico en Cádiz, para que no se le apliquen cadenas y grillos, le envían dinero, le pagan los criados y conciben con él un plan de escape hacia Gibraltar, que nunca se ejecutará. Se le asignaron dos sirvientes, uno de ellos Pedro José Morán, quien actuó con dedicación y lealtad a su cuidado hasta el último momento.

Uno de los prisioneros que entonces estuvo allí y lo visitaba con cierta frecuencia, el peruano Manuel Sauri, describió a Miranda así: “Hondas arrugas surcaban su frente en todas direcciones, tenía la barba y los cabellos completamente canos, las sienes deprimidas, los pómulos salientes, la mirada indecisa y sin brillo, los labios apretados como los de una herida cuyo daño es todo interior; el paso difícil y tardío y su cuerpo mismo, antes tan erecto y arrogante, principiaba a inclinarse hacia la tierra.”. Descripción ésta que contrasta con la exhibida en el cuadro de Michelena.

Y, entonces, ¿Por qué Michelena pintó a Miranda en esa situación tan triste?, cuando él no estuvo así. Porque los historiadores de aquella época, estaban convencidos de que Miranda había sido humillado, vejado y engrillado en la Carraca.

Otra curiosidad histórica sobre esta obra pictórica y que muy pocos compatriotas conocen, es que el modelo que posó en 1.898 para su realización, fue el gran escritor venezolano Eduardo Blanco, autor de la obra Venezuela Heroica, si señor como lo leen. “Así son las cosas”

 

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