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“…Si no lo hiciereis, o en ello dilación maliciosamente pusiereis, certifícoos que con ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y vos haré la guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetaré al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad y tomaré vuestras mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé, y dispondré de ellos como Su Majestad mandare. Y os tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere…”

De esta manera anunciaba un Fraile el horror que caería sobre una población indígena originaria, por lo general desde una colina lejana y de madrugada, donde difícilmente sería oído y menos entendido por los habitantes americanos que aún desconocían la lengua Española. Estas declaraciones estaban dictadas por la Santa Iglesia Católica, quienes también absolvían a los soldados conquistadores por todos los males que estaban por cometer, de está manera la moral no bajaría ante las barbaries próximas, ya que todo lo harían en favor de Dios y su Majestad la Reina De España.

Así la Iglesia intentaba persuadir a los salvajes de convertirse a la fe católica (el mayor instrumento de alienación, sumisión y transculturización jamás pensado), América era el Vasto Imperio del Diablo, de redención imposible o dudosa.

Sembraron el horror o así lo describe Eduardo Galeano en Las Venas Abiertas de América Latina:

Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar cuentas con sus pueblos tenian armaduras y cotas de malla, lustrosos caparazones que devolvían los dardos y las piedras; sus armas despedían rayos mortíferos y oscurecían la atmósfera con humos irrespirables. Los conquistadores practicaban también, con habilidad política, la técnica de la traición y la intriga…”

Un puñado de Caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más de quinientos enviados a España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente [1]. Esto paso tres años después del descubrimiento y Cristobal Colón dirigió personalmente la campaña militar.

[1] L. Capitán y Henri Lorin, El trabajo en América, antes y después de Colón, Buenos Aires, 1948.

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