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nota de edición: hace unos años especificamente en el 2013 comenzamos este proyecto de blog un día del padre en honor a Jorge Escalona Flores, hoy cerramos este ciclo de Escalonerias escrito de su puño y letra para deleitarnos de nuestros humildes origenes, y que el día de hoy en el cumple de mi hermana Marianier Escalona se lo dedico con la finalidad de que no olvide de donde venimos, que lo más importante de todo pueblo es su memoria, para el análisis reflexivo y el aprendizaje constante, hermana con cariño:

Escalonerias iii

Continuamos con esta serie de mis añoranzas de las hermosas décadas 50s a los 90s.

sunsun

Viví una infancia humilde y de estrechez económica, pero inmensamente feliz y muy sana, mi augusta madre María Demetria Flores no podía comprarnos los juguetes de moda, por lo que teníamos que ingeniárnosla: Usábamos cauchos viejos de bicicleta y con un palo le dabas para rodarlos y retozar un buen rato; cuando no podíamos comprar los paqueticos de traquitraque (costaban un real, Bs 0,50), ni saltapericos, o tumbaranchos, agarrábamos el cilindro metálico de las máquinas de afeitar, le amarrabas un hilo con un clavo, el hueco superior lo rellenabas con cabeza de fósforos y lo chocabas contra el piso, obteniendo una pequeña explosión para tu diversión. Las laticas de leche condensada le amarrabas un palito con un guaral y obtenías las perinolas caseras. perinolaAplanábamos bien una chapa metálica de refresco o cerveza, se le abrían dos huequitos en el medio por donde se le insertaba un pabilo y al trenzarlo giraba fuerte, eran los famosos sunsun ò garrufio, los papagayos se hacían caña brava, a falta de veraras.

En los años 70s durante las temporadas de vacaciones en el liceo, con mis amantísimos hermanos Alexis y Cleiber, desempeñamos varios ocasionales trabajos para ayudar con los gastos de mi humilde familia: Ayudante de albañilería, en talleres mecánicos, repartiendo folletos de Centrobeco, limpiando zapatos, cuidando y lavando carros, haciendo mandados, pintando casas. Recuerdo cuando salíamos a buscar trabajos por las tiendas de la avenida 20, siendo aún unos imberbes sin experiencia: “Señor, no necesita un muchacho pa trabajar aquí”, constantemente solo recibíamos por respuesta “No, nada” y seguíamos intentándolo muy esperanzados. Teniendo doce o trece años, trabajé en la zapatería del viejo italiano Franco Loconte, avenida 20 con calle 20, barría y coleteaba el piso del negocio y adentro en la casa de habitación, ayudaba con las ventas y llevaba a coser los zapatos a un gran taller de costura ubicado cerca de la plaza de La Mora, no preciso cuanto me pagaban, solo que cobraba cada sábado por la tarde. En un gran salón casa ubicado en la esquina de la carrera 16 con calle 19, aún existe, un maracucho que llamábamos Chicho, montó a principios de los años setenta una fábrica de bocadillos de plátano, trabajé aquí en mis vacaciones, pelando muchos plátanos y ayudando con la limpieza.

Cosas de muchachos” nos decían nuestros mayores cuando cometíamos alguna tremendura, recuerdo a la “vieja loquita” llamada Reneta, quien vivía en una casa ubicada en la esquina de la carrera 16 con calle 21, acudíamos con frecuencia a verla y a gritarle desde la tela metálica del solar, “Reneta ahí viene el diablo” tan sólo para verla cuando al respondernos sonreída “Dale con la cruz”, levantándose el vestido y extasiados contemplábamos sus partes íntimas. Cazábamos los “refresqueros” (camiones que transportaban refrescos para surtir las bodegas del barrio), al menor descuido de los conductores le sacábamos varias botellas, corríamos en veloz huida para luego tomarnos las bebidas calientes. Nuestras primera “experiencia etílicas” las vivimos con una media jarra de cerveza en el “Bar K”, en la carrera 16 esquina calle 31, también visitamos “El Cambural” del viejo Benito en la calle 31 entre 15 y 16, aún activo.

Al final de la avenida Vargas con la carrera 15, hasta su unión con la avenida Uruguay, de nuestra crepuscular Barquisimeto, existió hasta hace varios años la plaza Andrés Eloy Blanco (“la placita”), construida en la década de 1.960 y bautizada así, para honrar la memoria de aquel gran poeta y humanista; hoy demolida para darle paso a la modernidad. Esta recordada plaza, fue el refugio silente de nuestras inocentes y sanas correrías infantiles, mudo testigo de una sociedad barquisimetana, que entonces preñada de virtudes, respeto y valores, encontraban en sus áreas la placidez para el disfrute y sana diversión. Estaba conformada por unos espacios de intenso verdor y en su parte baja se erigió una gran fuente en forma de estrella, en cuyo centro se levantaron unas pequeñas torres de negro mármol, en las que resaltaba el busto de Don Andrés Blanco. Disponía de un mantenimiento diario y de una excelente iluminación, que nos permitía a los estudiantes de otrora, instalarnos cómodamente en “aquellas sillas de extensión”, para aprender los tratados académicos para los exámenes, en ocasiones hasta amanecíamos allí. Pero quizás, la mayor atracción que en esta placita se efectuaba, eran los majestuosos pesebres navideños que se hacían a finales de año, con diversas imágenes de gran tamaño, estos nacimientos se convirtieron en la novedad turista de la época, miles de personas los visitaban, ansiosos para contemplar su hermosura, además se celebraban festivales gaiteros con los grupos de moda, ante una aglomeraba muchedumbre y se encendían los resplandecientes fuegos artificiales en noche buena y nuevo año. Esta plaza, fue la celestina silenciosa de muchos amores y amoríos de apasionadas pretensiones.

En escritos anteriores referimos varios remedios existentes en aquellos años, pero por los inevitables lapsus mentís obviamos algunos, veamos: Las pastillas Pentro (algunos la llamaban penetro), eran ovaladas y de menta, se chupaban para aliviar el dolor de garganta; la crema de Bronchodermine de eucalipto y alcanfor para la gripe y descongestionar, era pastosa, blanca y olor fuerte, se la untaban en el pecho y te ponían una franela a la que se adhería fuertemente. El Numotizini, era otro ungüento o cataplasma que se usaba como alivio para dolores musculares. Como purgante se utilizaba el aceite de ricino o Sal de Epson, Aceite de hígado de bacalao y Emulsión de Scott para fortalecernos, pastillas de Fitina para la memoria, Tintura de árnica para golpes, para la tos el famoso Jarabe Tabonuco, purgante vermífugo extracto de plantas, para los parásitos, que te sacaba hasta los malos pensamientos, crema Iodex con su característico y fuerte olor, para los “chichones y trancazos”

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ESCALONERIAS (Primera Parte)

ESCALONERIAS (Segunda Parte)

autor: Jorge Luis Escalona Flores

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