(Parte 1)

autor: Jorge Escalona Flores

Aquella fresca mañana de solaz dominical, los viejos tertulieros y amigos de infancia Melquiades, Fortunato y Perucho arrastrando el peso de sus edades y más añorantes que ayer, se reencontraron en la barquisimetana plaza San José, como usualmente hacían desde hace meses, para desandar la marcha del tiempo atrás, en donde todos a una “echaban cuentos” de sus correrías y cuitas romanceras

Luego de los consabidos saludos y con sus labias más que floridas, iniciaron un contrapunteo largo y tendido, en un ritornelo del “Nunca Jamás”, que les permitía sentirse mutuamente escuchados más que oídos, entusiastas más que retraídos, atendidos más que ignorados, importantes más que indiferentes, en fin presentes más que ausentes, aunque tan sólo fuera en estos gratos y sobranceros momentos, que la pendiente de sus vidas todavía les brindaba. Con un dejo melancólico y conceptuosos en sus ideas, dando rienda suelta a lo más hondo de su ser, exclamaron más para ellos: 

Así se cruzaba entonces.

“…Qué maravillosos años vivimos en nuestra mocedad, ah mundo caray tiempos que no volverán, antes todo era tan espléndido”, quizás con un llanto en sus compungidos corazones, llenos más de melancolía que de recuerdos.

Don Fortunato, a quien apodaban “El Poeta” por sus eruditos comentarios y de gallarda apostura masculina, esta vez asumió la vanguardia para relatar pasajes de otrora: “Durante aquellas maravillosas décadas 60´s-70´s, una de las diversiones más preciadas que teníamos los guaros, era la de bañarnos en las turbias aguas (aun no tan contaminadas) del caudaloso río Turbio, toda una encantadora aventura de sano esparcimiento; los fines de semana sus riberas se atiborraban de numerosos visitantes, que allí se reunían para refrescarse en sus cauces, montar sus ollas para el sancocho o encender leña para parrilladas, con absoluta tranquilidad y plena seguridad, sin el temor de ser atracados, ¡Todo un espectáculo inolvidable, Ah mundo Barquisimeto!”

Y antes del puente.

Calmo y cavilante Don Melquiades, apodado “Tragalibros” por su arraigado hábito por la lectura (tenía en su morada una extensa biblioteca), vibrante como un poseso, tomó la palabra con su voz atiplada: “Nosotros los mozos que habitábamos en el barrio El Campamento (Terminal de avenida Vargas con carrera 16), cuando íbamos pal’ río, para no caminar toda la avenida Uruguay hasta el puente Macuto, cruzábamos la plaza Andrés Eloy Blanco y descendíamos la empinada cuesta del ¨Tempero¨ por trochas casi intransitables, en medio de una tupida y alta vegetación.

A orillas del río compartir, conversar.

Al llegar hasta las orillas de este lado del río, el extenso Valle del Turbio o de Las Damas se enseñoreaba en toda su majestuosidad, en el frente se observaba el cerro imponente de Macuto, vasto paisaje de belleza singular y extenso pulmón vegetal de Barquisimeto, pura naturaleza de frondoso verdor, adonde aún no llegaba la mano destructora del hombre, las casas y vías no existían, no se había talado, en contraste con la triste realidad actual, mutilado en nombre del progreso y las apetencias de muchos indolentes”.

Orgullo Larense.

Perucho, el más senil del corrillo, pero con un extenso vigor juvenil que muchos recelaban, intervino: “Recuerdan ustedes apreciados camaradas, que otra de las recreaciones sanas en aquel Barquisimeto era ir a bañarnos en las cristalinas aguas de la piscina Macuto, pionera en su estilo, que funcionaba en las riberas del río Turbio, cruzando el puente, construida en medio del bosque Macuto, bajo el cobijo y la sombra de grandes palmeras y árboles frondosos, un “Oasis” de indescriptible hermosura.

Refrescar los días en cristalinas aguas.

Era una gran pileta construida en forma de guitarra, tenía dos trampolines, mesas y sillas a su alrededor, parque infantil y una fuente de soda, pagabas “un real” (Bs. 0,50) para bañarte y si no tenías traje de baño allí lo alquilabas, sus instalaciones eran frecuentadas por numerosos niños y adultos para el sano disfrute (“Total seguridad y resguardo”), presentaban espectáculos bailables con talento en vivo y vendían apetitosos manjares culinarios, creo que funcionó hasta mediados de los años 80´s, todavía en este sitio se observan los escombros de esta fantástica estructura, tragados por la maleza, la dejadez y el olvido”.

Los pavos de entonces con trajes alquilados.

Juntos recordaron que cuando tenías “algo de plata” y querías ir a la playa, abordabas un taxi ruta 3 en la esquina de la carrera 17 con calle 22, por “un real” (Bs. 0,50) te llevaban hasta la estación ferroviaria del puente de San Jacinto, pagabas el boleto de dos bolívares y abordabas la locomotora hasta El Palito, travesía de casi dos horas, en un constante bamboleo y el ruido estridente del tren en marcha, pero alegres porque íbamos “pa ´la playa brother”. El retorno en la tarde noche era peor, agotados, el cuerpo tostado por la resolana y el salitre pegado, donde toda incomodidad tiene asiento, pero al final regocijados por la aventura transitada.

A la sombra de imponetes coniferas la piscina era alegría.

En el olvido hoy reposa.

La naturaleza se perpetua tratando de hacer suya aquellas instalaciones.

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