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“… Historias de amor se conocen muchas pero está es sin dudas una de las más originales y macabras …”, y así comienza Porfirio Torres la introducción a una historia de esas que a pesar de formar parte del haber literario e histórico nacional permanece tras un velo de olvido colectivo, potenciado por una orientación académica conductista que nos va soltando la historia con aburridas cápsulas cronológicas e irrefutables anecdotarios sagrados, es por ello que en este blog nos interesamos por esos matices poco descritos de las memorias de una tierra dolida que hoy carga con el peso de un ayer desconocido y peor aún una identidad negada.

Seis años y tres días, son mil ciento y una noches, el famoso recopilatorio de cuentos Arábico – Asiático, Cuenta como idea central un Califa que al verse engañado por su esposa se deja llevar por la ira y asesina a está de forma cruel, decapitándola, este episodio lo convierte en un ser oscuro que toma como costumbre desposar cada día una doncella a la cual en su noche de bodas tomaba con salvaje pasión hasta dejarlas en un estado bastante grave y antes del amanecer decapitarla. Es así como sherezada una de las doncellas al llegarle el turno planifica contar una historia al califa con tal habilidad narrativa que la misma se extendió hasta el amanecer, el interés del sultán fue tanto que ni siquiera la tomo esa noche y la habilidad de la doncella tal que concatenaba o unía una historia con otra y así durante mil y una noches que le salvaron la vida ya que en ese lapso prodiga al Sultán con una serie de hijos y se convierte en su nueva esposa.

En Venezuela también tenemos nuestro símil de las Mil y una noches, de la mano de un imitador del Sultán pero con una inspiración macabra y cruel, más que literaria y elevada, es un cuento enmarcado en la Guerra Federal. Venezuela luego de las batallas en la lucha por la independencia quedo lejos de ser un lugar tranquilo y en paz por el contrario los intereses internos y la marcada diferencia entre clases, divide el esquema político imperante entre conservadores y federalistas, los primeros halaban la cuerda por mantener los intereses lejos de la utopía bolivariana de integración y el dominio de una clase mantuana que se hacia cada vez más poderosa, latifundista y esclavista y los otros que sin panorama claro se hacen llamar Liberales, los primeros traen de regreso a Paéz y le restauran sus poderes, los segundos en desacuerdo desatan una rebelión. Mientras tanto el resto del país se sume en el desorden y el olvido, el interior del País es una suerte de bandoleros haciendo de las suyas, esclavos sublevados y agrupados en montoneras dirigidas por caudillos llenos de resentimiento social y marcadas diferencias sociales, económicas y formativas en comparación de los pares intelectuales y mantuanos de la capital.

Es en este escenario de polarización social donde aparecen consignas signadas por el odio tales como: “Mueran los blancos y los que sepan leer y escribir”, surgen montoneras crueles como el de las trece fieras y se dan episodios espeluznantes que retratan la disparidad de una sociedad sometida a la dominación por la vía de la sangre, el fuego y la transculturización; signos todos ellos pertinentes a la nuestra realidad Americana.

El Adivino.

El Adivino

Tiburcio era un esclavo con una obsesión que le motivaba, quería ser cura, siempre que podía se colaba en la iglesia del pueblo y se vestía con los hábitos sin el consentimiento de las autoridades eclesiásticas para luego dictar el sermón ante la perplejidad de los fieles que por allí rondaban. Cuentan que una vez sorprendido por Antonio Sucre presbítero de la iglesia de San Pablo

en su  tarea usurpadora es reprendido fuertemente por este quien lo saca a trompicones del sagrado recinto, el noble sr Uztáriz interviene por su esclavo y explica que aunque medio tarado es buen trabajador y noble de corazón, acción está última que le vale el perdón del estricto sacerdote.

Pasaría el tiempo y el rencor se acumularía dentro de Tiburcio, hasta que y durante la guerra Federal llega a Cojedes la montonera de Martín Espinoza y Tiburcio ve la oportunidad de formar parte de una rebelión desmedida y sin escrúpulos el escenario ideal para explotar sus habilidades mágicas y espirituales, estás adquiridas a partir de sus raíces aborígenes convence a Espinoza de sus dotes premonitorias y pasa a formar parte de las trece fieras como lugarteniente de Espinoza y consejero personal, con lo que recibe el apodo de “El Adivino”.

Las Atrocidades.

Las trece fieras (Onza, Tigre, León, Pantera, Caimán, Perro, Mapanare, Gavilán, Toro, Lobo, Caribe, El Adivino), tales eran los motes de los edecanes de Espinoza un bandolero del llano que divide su tiempo entre el abigeato (robo de ganado) y la guerra, y cuya suerte comparten más de mil llaneros, adictos a su persona.

Eran una especie de campaña del horror, mientras en Caracas se debatían Conservadores y Liberales en el interior del país una suerte de desorden sin ley propiciaba que estos grupos hicieran de las suyas, así Espinoza sus trece fieras y más de mil hombres viajaban de pueblo en pueblo y al llegar este cortaba los dedos de los hombres para robar sus anillos, El adivino Tiburcio se encargaba de desollar y destripar a otros tantos ante la mirada horrorizada de sus mujeres y niños, al atardecer Espinoza escogia entre las doncellas del pueblo a una con la cual se desposaba bajo los servicios “eclesiásticos” de Tiburcio, esa noche la violaba sin compasión para luego entregar sus despojos a los trece quienes terminaban el trabajo con sádico desempeño.

Llegaban las noticias hasta Coro y a los oídos de Antonio Guzmán Blanco alto General de Crisóstomo Falcón Líder de la rebelión federalista, estos últimos a pesar de no estar de acuerdo con las prácticas macabras de estos personajes entendían que estratégicamente necesitaban de espinoza y sus huestes para con su brutalidad asegurar la victoria en las batallas por librar, pero la paciencia no es eterna.

Tarde Pero llega.

Tal es el refrán popular que se refiere a la justicia y como su largo brazo a todos alcanza. A oídos de Guzmán Blanco llegaron los chismes según los cuales El Adivino aconsejaba a su jefe Martín de asesinar a Zamora y a al mismísimo Falcón cuanto antes porque de lo contrario estos terminarían por matarle a él, tales eran los consejos del oscuro oráculo.

El Ilustre Americano

“Espinoza y su gente son un problema grave para nuestra causa, sus crímenes y desafueros tienen muy molestos a nuestros hombres y le están hechando más leña a la candela”, comentaba Falcón “El adivino según me han contado, mata a sus víctimas con sus propias manos entre atroces tormentos: los amarra de un palo y los va descuartizando lentamente; en Ospino, de un machetazo en la barriga le saco el tripero a un hombre de bien y lo dejo morir frente a su familia”, Ezequiel sin embargo insistía en la necesidad de Espinoza y sus hombres para la causa federalista. “Pero andar con Espinoza y el adivino — agregó Guzmán — es como andar montado en un tigre. A la menor oportunidad se sacuden y nos comen vivos.”.

Tal era el ambiente en las mesas de los generales

Crisóstomo Falcón

federalistas. Luego de la batalla de Santa Inés los federalistas logran la huida de Manuel Vicente De Las Casas, un triunfo celebrado por lo alto con gran jolgorio y zaraos, Espinoza y El Adivino se vuelven más pretenciosos y comienzan a vociferar y adjudicarse el triunfo, Falcón decide darle la orden a Guzmán de encargarse de este par. Para lograr tal empresa Guzmán convence entre tragos y juerga a Espinoza que mande adelante a los trece hasta Coro y que el se quede celebrando con el Generalato, Espinoza accede con la condición que El Adivino se quede con él, a la mañana siguiente los trece parten con un batallón fiel a Crisostómo rumbo al Norte. Esa misma mañana Espinoza y El Adivino serían fusilado y la misma suerte correrían las otros doce fieras. “Te lo dije, Martín, y no me hiciste caso. Prepárate a verle la cara al gran jefe, dueño y señor del Universo, que aunque es blanco, no deja de tener mañas. ¡Vaya contigo mi absolución”.

FIN

Notas y enlaces importantes:

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